La historia de un gato

Hay una frase que me taladra constantemente la cabeza: “Que el privilegio no te nuble la empatía”. 

Es curioso, pero duele aceptar que se es privilegiado. He tenido la suerte de no carecer de nada gracias a que mis padres salieron adelante a través de sus esfuerzos. Soy blanca, de origen latino, pero blanca para efectos de pasar por perfiles de seguridad. Tengo mis tres comidas diarias garantizadas, un techo sobre mi cabeza, he podido garantizar la educación de mis hijos. Mis temores están vinculados más a perder mi posición que a ganarla. No por ello he dejado de ver el mundo y sus injusticias.

La principal razón que me lleva a no querer que el mundo se mantenga como está es mi papá. No es una posición generosa, todo lo contrario, viene del egoísmo, porque si el mundo no cambiara, si el mundo siempre fuera el mismo y sólo quienes tienen pudieran tener, yo no tendría nada.

Mi papá nació en condiciones económicas complejas. Mi abuela quedó viuda muy joven con cuatro hijos pequeños y una única entrada de dinero para mantenerlos. Ella vendía boletos de tren en la estación de La Esperanza, en Cundinamarca, e hizo con lo poco que tenía lo que pudo.

Mi papá de niño trabajó como “gato” cazando ratas en un cultivo de maíz en la finca que muchos años después terminó comprando, se pagó su carrera de abogado siendo mesero del hotel Tequendama en Bogotá, y siempre encontró el camino para salir adelante sin dejar atrás a quienes lo acompañaron en su travesía. No puedo estar más orgullosa de él, y lo último que haría es negar su recorrido, porque ese recorrido lo forjó a él y me permitió ser quien soy. Me enorgullece que mis apellidos no sean de la nobleza de los títulos sino de la nobleza del trabajo.  Soy la hija de un campesino.

Hoy el mundo está en crisis y creo que eso está bien. Jane Elliott, activista antirracismo, pregunta si en mi condición de persona blanca estaría feliz de recibir el mismo trato que recibe un ciudadano negro. Mi respuesta indudable es: no. Eso significa que sé lo que está pasando, no quiero que me pase a mi y por ello Elliot me invita a pensar por qué estaría dispuesta a dejar que les pase a otros.

No, no me gustaría vivir en las condiciones que tienen que soportar los negros, ni los indígenas, ni los lideres sociales en América Latina, ni los inmigrantes pobres en Europa y tampoco estoy dispuesta a seguir mirando hacia otro lado porque es más cómodo cerrar la boca y continuar disfrutando de mi maravilloso paraíso.

¿Qué puedo hacer? Desde el oficio que escogí: escritora, tengo la posibilidad de prestar mi mirada, tengo la oportunidad de ayudar a otros a ver distintas perspectivas, a mostrar su punto de vista. No porque yo tenga la certeza de la verdad, que no la tengo y ojalá jamás me sienta dueña de ella, sino porque mi talento está en poder mostrar los grises. Ver los extremos, esas posiciones que ven todo en blanco o negro, es muy fácil porque están llenas de certezas, no verdades, que interrumpen la comunicación. Mi propósito es mostrar todos los ángulos y ayudar a construir soluciones de convivencia desde una mirada más compasiva, más empática, más ecuánime. No porque yo crea algo significa que es la única verdad.

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