5.749 días ¿De dónde vino la idea?

Odiar no es una necesidad y es posible vivir la vida sin graduar enemigos. 

Cuando empece a estudiar narrativa no tenía claro sobre qué quería escribir. Mi primera intensión fue dirigirme hacia la literatura juvenil ya que me encanta comunicarme con los adolescentes y su intensidad al enfrentarse al mundo.  También había temas que no quería tocar de inmediato y dentro de ellos estaba Colombia. 

El sistema de L’Escola D’escriptura del Ateneu Barcelonès prevé que cada uno de los estudiantes presente textos cortos en los que se practica con las temáticas impartidas en clase. Mi primer texto fue un desastre. Hice un texto corto que estaba escrito para que solo Juana Sánchez-Ortega lo entendiera y fue tal mi vergüenza que decidí que mi siguiente texto tendría que ser impactante.  Durante la semana que antecedió la entrega sufrí porque todo lo que escribía me parecía mediocre o lleno de clichés. La noche anterior decidí escribir desde el corazón. Apelé a mi verdad y esa noche nació Santiago, el hermano de quien se convirtió en mi protagonista. 

El secuestro tocó a mi puerta en 1995, pero yo no quería escribir la historia de mi papá. Quería acudir a las emociones y a la experiencia, pero no quería centrarme solo en él.  Paralelamente tuve la fortuna de encontrar a Helga Flamtermesky y Mujer Diáspora a través de quienes conecté con múltiples víctimas del conflicto armado en Colombia. Dicen que se necesita una aldea para criar a un hijo y 5.749 días fue alimentado por las historias de muchas personas que con generosidad compartieron sus vivencias. No es la historia de una sola persona, es la historia creada a partir de decenas de historias que entretejí para compartir con el mundo. 

He hablado con víctimas de la guerrilla, del ejército, de paramilitares, de narcotraficantes y de todos he aprendido que no existe una única versión de los hechos, que la maldad o bondad de las personas está definidas por su contexto, que perdonar sana, que para dejar atrás ser víctima se requiere darle un final digno a la experiencia y entender que lo que hemos vivido nos ha marcado, pero no nos define. 

Mi papá tenía mil frases. Era un hombre de frases sabias y una de las que más me han marcado es que no hay que graduar enemigos y un día me encontré con el texto de mi  amigo Carlos F. Pardo, en la época previa al Plebiscito de 2016. Siempre lo leo porque comparto muchas de sus ideas, pero al leer el título sentí la voz de mi papá: ¿Necesitamos un enemigo?

A partir de ese momento empecé a escribir fragmentos del libro que en su momento se llamaba Fuimos víctimas y en el que busqué reflexionar sobre las distintas perspectivas, las experiencias que iban más allá de la mía y recordé que si trazas una  línea y le pides a todas las personas del mundo que se pongan los buenos a la izquierda y los malos a la derecha: todos, absolutamente todos, nos ubicaremos a la izquierda… incluso Hitler, porque todos estamos convencidos de que, incluso cuando hemos actuado mal, han existido razones que justificaron nuestra decisión. 

¿Qué paso con el texto que presenté en L’Escola? En el capítulo 21 lo podrás encontrar.  

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